Chernóbil, 25 años después

Albert Einstein, que seguramente ha sido el mayor científico natural del siglo XX y uno de los grandes pensadores en el ámbito de la filosofía política-social, lo señaló y denunció lúcidamente con estas palabras: “Dado el estado de las cosas, los cuestionables logros obtenidos por nuestra generación en la era de las máquinas son tan peligrosos como una cuchilla de afeitar en manos de un niño de tres años. La posesión de unos medios de producción extraordinarios no ha aportado libertad, sino preocupaciones y hambrunas. Lo peor de todo es el desarrollo técnico que posibilita los medios para la destrucción de la vida humana, y los productos de laboratorio creados con tanto esfuerzo”.Hoy se cumple el primer cuarto de siglo del accidente de Chernóbil. Junto con lo sucedido en Fukushima, junto con lo que sigue sucediendo en Fukushima, los dos grandes desastres –no los únicos desde luego- de la industria y energía nuclear, una energía que, se publicite lo que se quiera publicitar, no es limpia ni barata ni segura ni tampoco pacífica desde luego.
El sarcófago construido con urgencia sobre el reactor accidentado está agrietado, oxidado y notablemente deteriorado. Seguramente esto explica algunas de las decisiones o indecisiones tomadas en Fukushima. En la “zona de exclusión” viven 2.500 personas. Son trabajadores encargados de la construcción de un nuevo sarcófago. Deberá o debería estar acabado para 2015. Será financiado por países de todo el mundo. Ucrania no puede afrontar una factura de unos 1.500 millones de euros. Son las otras “externalidades” de la apuesta nuclear, de la atómica hybris fáustica.Recientemente, el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, visitó durante media hora el reactor número 4 de Chernóbil [1]. El paseo le resultó “una experiencia extremadamente conmovedora”. Le acompañaron el presidente ucraniano, Víktor Yanukovich, y el director general de la OIEA, Yukiya Amano. El máximo responsable de las Naciones Unidas vinculó la actual crisis de Fukushima con el desastre de Chernóbil. “Debemos sacar las lecciones oportunas de estas tragedias”. No explicitó qué “lecciones oportunas” había extraído o creía razonable extraer.

Por la tarde, los tres responsables políticos inauguraron en Kiev una conferencia científica sobre el accidente del reactor soviético. Ban Ki-moon fue entonces más directo: “La desafortunada verdad es que probablemente veremos más desastres de este tipo”. No explicó las razones de su pesimismo antropológico pero no parece que el irresponsable cientificismo capitalista esté muy alejado de ello. Añadió: “Para muchos, la energía nuclear parece que es relativamente limpia y una opción lógica; pero la historia nos hace plantearnos preguntas dolorosas: ¿hemos calculado sus riesgos y beneficios?”. ¿Cuál es el referente de este “muchos”? ¿Una opción lógica? ¿Para quién? ¿Balance de riesgos y beneficios? ¿Estaba tan alocado, sigue estando inconmensurablemente demenciado, el movimiento antinuclear como se repitió y se sigue repitiendo una y mil veces?

Manuel Ansede –“La vida sigue en los cementerios de Chernóbil” [2]- ha recordado algunas aristas del escenario post-nuclear. “Entonces [26 de abril de 1986] se formó una nube radiactiva equivalente a la de 400 bombas como la de Hiroshima, que se paseó por 150.000 kilómetros cuadrados de Bielorrusia, Ucrania y Rusia. Los pueblos cercanos a la central quedaron bañados en estroncio-90, relacionado con la leucemia, y cesio-137, vinculado a tumores en bazo e hígado. Los 50.000 habitantes de Prípiat, a sólo tres kilómetros del reactor, fueron evacuados en apenas día y medio. Las autoridades soviéticas urgieron a sus habitantes a que salieran de la ciudad prácticamente con lo puesto, asegurando que sería cosa de unos pocos días”.

El Organismo Internacional de la Energía Atómica calcula que unas 200.000 personas fueron realojadas para siempre tras la explosión del reactor. El martes 19 de abril de 2011, en una conferencia de donantes organizada en Kiev, Ucrania sólo consiguió recaudar 550 de los 740 millones de euros que necesita para sellar con acero el reactor soviético. Faltan 190 millones de euros.

Slavutich es una ciudad construida tras el desastre de 1986 para acoger a los trabajadores de la central, escapados de Prípiat y otros núcleos. Desde allí, diariamente, unas tres mil personas recorren 50 kilómetros para trabajar en Chernóbil.

En Público [3], Ernesto Sambora –“Los héroes olvidados”- recordaba otra cara de aquel inconmensurable desastre. “Ha pasado ya un cuarto de siglo, y aun así el contador Geiger que el cabo del ejército ucraniano lleva en el asiento trasero de su coche se dispara al cruzar la segunda barrera de exclusión, la que marca los 10 kilómetros previos antes de llegar a la zona cero del peor accidente nuclear de la historia”.

Serguei Anatólevich Kulish, que ha cumplido 50 años, fue uno de los llamados “liquidadores”. Tenía entonces 24 años. Hoy dirige la Asociación de Victimas de Catástrofes desde una modesta oficina en Leningrado-San Petersburgo. Serguei ha pasado por un calvario de enfermedades, complicaciones y dolor crónico. Actualmente lucha contra un nuevo tumor cutáneo abdominal que no duda en mostrar. En su optimista opinión, “Europa debe comprender los riesgos de la energía atómica”. En la Rusia post-soviética nadie quiere escucharle.

Serguei y una comunidad de unos 500 liquidadores viven en pisos de protección oficial donados por el Gobierno en el golfo de Finlandia, a una hora de Leningrado. Cuando llegaron allí, en los años noventa del siglo pasado, eran unas mil personas; el resto ha fallecido. Los bloques de edificios que los albergan, señala Sambora, “son el mejor ejemplo de su situación social: alejados de la urbe y mal comunicados, ellos mismos han tenido que pagar las reparaciones necesarias para hacer habitables sus viviendas, y sólo un pequeño monumento, que parece una lápida, semiabandonado e imperceptible bajo la nieve, recuerda la catástrofe vivida aquella primavera del año 1986”.

No maldicen su destino. Alguien tenía que hacerlo. Sí lamentan, en cambio, y profundamente, el olvido social e institucional del que son víctimas. Sus pensiones son muy bajas y tras la caída de la Unión Soviética perdieron las ayudas del Estado. Los alimentos y el transporte, de los que disfrutaban gratuitamente, pasaron a ser de pago, haciendo muy difícil su vida, la de sus viudas o sus huérfanos, que tienen pensiones medias de 150 euros. Afrontan, además, la peor de las situaciones imaginables para enfermos crónicos de muy escasos recursos: la privatización salvaje del sistema de salud. Es otra de las caras del afable capitalismo que rige en la Rusia que ha emergido de la destrucción de la Unión Soviética. Transitan por el lado salvaje de la vida.

Artículo completo: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=127146

Más información: 25 años después: los rostros bajo la larga sombra de Chernobyl :             http://www.youtube.com/bbcmundo#p/u/11/ngh4eeOC2HA

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