Desmontando un mito marxista sobre el anarquismo

Un mito órfico desmontado: Breves apuntes sobre la influencia anarquista en el movimiento obrero de la región peruana: 1900-1963

 Recusación

Es casi un lugar común afirmar que el anarquismo en Perú, sobre todo en su vertiente  sindical, terminó como proyecto social y cultural alrededor de 1930, con el surgimiento del Partido Comunista y del autodenominado “Partido del Pueblo”. Indefectiblemente, el anarquismo local unificado habría dado sus postreros estertores, cumpliendo -supuestamente- con su ciclo y dejando atrás testimonios históricos impresionantes (periódicos, folletos, bibliotecas obreras, intensa labor artístico-cultural, centros de estudios sociales, federaciones de trabajadores, gestación de huelgas generales y acciones directas en varios puntos del país, consecución de la jornada de 8 horas, en 1913 y 1919, etc.). Nos resulta encomiable –y sorprendente– que se haya desenvuelto contando solo con sus propios y limitados recursos, en un contexto sociopolítico convulsionado de feroz represión gubernamental (no obstante, este hecho no es particular del Perú, pues en Argentina también se dio una violencia estatal inusitada en contra de los ácratas).

Una línea de continuidad puede develarse, a despecho de los historiadores oficiales, entre la labor de organización y agitación de los anarquistas durante las tres primeras décadas del s. XX, y la labor de los libertarios a partir de 1950. Los anarquistas siguieron teniendo una significativa presencia, aunque ya no como en épocas pretéritas, en la Federación de Obreros Panaderos “Estrella del Perú” (fundada en 1887 como Sociedad de Obreros Panaderos). Un comunicado regional de este gremio, fechado el 16 de julio de 1963, consigna las siguientes palabras del entonces secretario regional de Lima, Teobaldo Cayetano Morales: “COMPAÑEROS: Nuestro deber es cuidar la tarea principal haciendo del sindicalismo el único derrotero de todas nuestras aspiraciones, porque en la época moderna en que vivimos el Sindicalismo (sic) es el arma más poderosa con que cuentan los trabajadores”[1]. El compañero Cayetano perteneció a la célula libertaria “Brazo y cerebro” de la “Estrella del Perú”. En 1957, fue nombrado secretario de defensa de la Sociedad de Obreros Panaderos “La Estrella”, de Huancayo.

En un escenario distinto al mundo sindical, un núcleo de libertarios muy activos tuvo destacada actuación en el proceso social y político que se empieza a gestar hacia 1969 (reforma agraria), con la llegada al gobierno del general Juan Velasco Alvarado. El Instituto de Estudios e Investigación de Cooperativas y Comunidades (INDEICOC) tenía entre sus puntos esenciales, sobre los cuales erigir la anhelada sociedad sin amos ni explotadores, el siguiente: “El individuo como objetivo final de la sociedad y no como medio, lo que implica reconocer la calidad igualitaria de todos los hombres y el derecho a su plena libertad –entendida esta como supresión de cualquier forma de dominación– (económica-social-política-cultural), donde la ayuda y colaboración mutuas sean principios morales rectores”[2]. Gerardo Cárdenas, Jaime Llosa, Jorge Choster, Víctor Gutiérrez, entre otros, conformaron el INDEICOC, de clara inspiración libertaria. El golpe derechista de agosto de 1975 echó por tierra audaces reformas y un proyecto sui géneris (una colaboración, en todo caso, muy particular entre un grupo de socialistas libertarios y militares reformistas). Al respecto, puede revisarse una entrevista realizada al cooperativista Jaime Llosa Larrabure, hecha en el periódico Humanidad (febrero de 2009), en la cual afirma que se llegó a dar un nivel de “reflexión y análisis” en el mencionado instituto libertario. El tema central era la autogestión: “La lógica en el pensamiento libertario es que el capital y el trabajo estuvieron unidos en los albores de la historia y que se separaron; y de ahí comenzó la pugna y la lucha entre capital y trabajo. Que la única manera de eliminar una contradicción insalvable, es juntarlos de nuevo: que capital y trabajo estén en las mismas manos, es la noción de autogestión…”[3]

La lira rebelde libertaria

En este punto, podemos hacer referencia directa el conocido trabajo de Gonzalo Espino Reluce, “La lira rebelde proletaria: estudio y antología de la poesía obrera anarquista (1900-1926)”. Hoy, como ayer, podemos reivindicar la noción de un “proyecto alternativo” al modo oficial de hacer cultura, con sus propios canales de difusión y recepción. De este modo: “La producción cultural de los trabajadores de comienzos de siglo tenemos que examinarla como un fenómeno alternativo al modo oficial de hacer cultura durante la república aristocrática (…). Los trabajadores, buscando salir de su situación de explotación y miseria, avanzan en la formación de una conciencia proletaria y en este proceso, como elemento intrínseco e indispensable, realizan una intensa acción cultural…”[4]. No obstante, la situación objetiva no es la misma de comienzos del siglo XX, pues el trabajo, sobre todo el trabajo asalariado, ha dejado de ser el eje central de la vida social, lo cual tiene correlación con una profunda desestructuración económica, social y cultural (cambio de los modelos de organización de la producción, descentralización productiva, outsourcing, pérdida de peso de los sindicatos, arremetida del consabido Estado policial, etc.).

Sin embargo, hay un hecho que nos interesa poner de relieve. Si la “poética” de los compañeros de las primeras décadas del s. XX tenía su canal de difusión adecuado o “natural” en los periódicos y folletos editados por los mismos libertarios (“La Protesta”, “Los parias”, “El obrero textil”, “El oprimido”, etc.), actualmente los bienes culturales de los ácratas de comienzos del s. XXI siguen encontrando su cauce apropiado en periódicos de escaso tiraje e irregular aparición (“Humanidad”, “Desobediencia”, “Acción Directa”, entre otros), así como en fanzines, folletos, poemarios artesanales, etc. , sin dejar de mencionar  las nuevas tecnologías de información y comunicación (blogs, revistas electrónicas).

Por lo demás, acracia sigue mostrándose desafiante y encantadora. Hace 100 años, en estas tierras, encontró extraordinario ascendiente en algunos intelectuales y, sobre todo, trabajadores textiles, artesanos, jornaleros, etc. Actualmente, la situación ha cambiado drásticamente. Los rebeldes de hoy, salvo excepciones, ya no ven el lugar de trabajo como escenario para la reivindicación y la agitación, con miras a una lucha definitiva contra los amos. Sin embargo, acracia sigue despertando pasiones y una gran esperanza. Algunos libertarios la poetizan, asimismo le dan la razón a Benjamin Tucker, cuando este afirma sobre ella que es “la doctrina según la cual todos los asuntos humanos deberían ser manejados por los individuos o las asociaciones voluntarias. El estado debe ser abolido”.

Márlet Ríos

Ate, 13 de enero de 2014.


[1] Este documento nos fue cedido gentilmente por su hijo, el profesor Américo Cayetano.

[2] KNIGHT, Peter K. Perú ¿hacia la autogestión? Buenos Aires: Proyección, 1975, p 119.

[3] Véase: “Hay que rescatar el sentido contestatario del cooperativismo en contra del sistema capitalista. Entrevista a Jaime Llosa”. En: Humanidad. Nº 8, febrero de 2009, p. 5.

[4] ESPINO Reluce, Gonzalo. La lira rebelde proletaria. Lima: TAREA, 1984, p. 23.